Ciencia Ficción, Cuentos de Terror - Interludio nocturno
El tipo A se despierta sobresaltado de madrugada. Ha tenido una pesadilla y ahora se encuentra de golpe sentado en su cama, recorriendo con la mirada nerviosa la oscuridad de su habitación. Piensa que siempre es lo mismo. Cada vez que televisan el programa “El lado enigmático del misterio” le ocurre igual, tiene pesadillas y se despierta con la sensación de que va a encontrarse a su difunta abuela a los pies de la cama, ofreciéndole alguno de sus suculentos guisos (que, como ella, en gloria estén).
Poco a poco recupera la noción de la realidad, y descubre que quizás no ha tenido ninguna pesadilla, sino que se ha desvelado por la discusión que, en el piso de arriba, están teniendo en esos momentos el señor B y la señora C, a pleno pulmón y violando derechos constitucionales como dormir a pierna suelta. Cada cierto tiempo el viejo matrimonio se ensarza en alguna disputa doméstica, siempre a horas intempestivas y siempre por motivos que al resto de los mortales les parecerían absurdos.
Esta vez parece que la polémica está suscitada por unas cortinas que, según parece, el señor B ha agujereado con un cigarrillo mal situado, con la consiguiente indignación de la señora C. El tipo A intenta volverse a dormir sin prestar más atención, pero resulta imposible atendiendo al grosor (nulo) que tienen las paredes del edificio, así que se levanta y se encamina a la pequeña terraza situada en el otro extremo de la casa, resoplando de fastidio. Allí se asoma, enciende un cigarrillo como muestra de solidaridad tácita para con el señor B, y nada más.
La calle se muestra desierta, una larga cuesta que asciende suavemente ocultándose tras los edificios colindantes. A lo lejos, más abajo, se ve una diminuta sombra que parece caminar con cierta dificultad. El tipo A saborea cada calada de su cigarro con placer. La brisa nocturna le reconforta, le brinda cierto oasis de paz en el que aislarse de los gritos del matrimonio cascarrabias, que probablemente siga a lo suyo. Un avión ruge entonces por encima de su cabeza encrespada.
Levanta la vista y ve unas pocas luces rojas parpadeando y moviéndose a gran velocidad. “Un avión”, piensa. “Quién sabe, objetivamente sólo se distinguen un par de luces, podría ser cualquier cosa, un OVNI quizás…”. Tras esta reflexión claramente inspirada por el programa “El lado enigmático del misterio”, el tipo A experimenta otra epifanía: “En todo caso, si le da por joderse y se cae, nos vamos todos a tomar por culo”. Sin embargo, los motores del avión parecen funcionar perfectamente, porque en pocos segundos su rugido se pierde en la noche y las luces se ocultan tras una antena parabólica para no volver a asomar más. En el piso de arriba se oye el estallido de un plato. “Joder, ya empieza la vieja a sacarlo todo de quicio”. Un coche se detiene justo en el portal del edificio de enfrente.
El tipo A reconoce a la chica del 5ºD como la ocupante de la plaza de copiloto. El conductor del bólido probablemente sea su nuevo ligue. Parece el clásico hortera sacado de alguna discoteca repleta de pastilleros y chulos. De inmediato comienzan a besarse como si fuera su último día en la Tierra. Todo esto lo puede ver el tipo A debido a que la perspectiva, un plano picado pero no en exceso, le permite asomar su mirada de voyeur por la ventanilla entreabierta del piloto. “Estos capullos van a conseguir que un momento de deleite como es fumarse un pitillo se convierta en una situación socialmente embarazosa… Pues yo no me voy a mover, que se vayan a un descampado…”.
La metafísica y el tipo A parecen ir cogidos de la mano esa noche. La chica del 5ºD se sube encima del chulo de discoteca sin ningún reparo, y ya el coche casi empieza a balancearse cuando aparece un visitante inesperado. La sombra que minutos antes se intuía a lo lejos, aunque a duras penas, caminaba, y ya alcanzó la altura del edificio del tipo A, y por consiguiente la del coche del amor desaforado. A esto hay que unir que dicha sombra camina a duras penas porque es la sombra de un borracho, al que probablemente ya le cerraron el último bar. El tipo presenta un aspecto lamentable, como de llevar siglos bebiendo, y ni corto ni perezoso se detiene ante el coche de la lujuria y comienza a tocarse los genitales con cara de lascivia. El tipo A suelta una carcajada de asombro. Del coche del desenfreno se oye un grito, “¡Pero será hijoputa!”, seguido del ronroneo de un motor que se enciende y del chirriar de unos neumáticos en el asfalto cuando el coche de la perversión pone ruedas en polvorosa y se pierde al instante calle arriba.
El borracho se queda clavado en la acera, una mano despidiendo a los amantes en fuga y la otra aún metida en la bragueta. Tras unos segundos de mutismo, eructa y vuelve a emprender la tortuosa marcha. El tipo A es consciente entonces de que ha surgido un nuevo ídolo en su vida, al tiempo que se percata de que el matrimonio mal avenido hace rato que dejó de hacer ruido. “Joder, ya era hora, a ver si se han reconciliado y dejan de montar escándalo… Aunque mejor que no, porque como les haya dado por follar y tenga que pasarme la noche oyendo los jadeos de ese par de momias voy de culo…”.
Metafísica y delicadeza amalgamadas en una sola persona, el tipo A. Pronto las sombras de un nuevo escándalo, esta vez erótico-geriátrico-festivo, se disipan al ver como el señor B sale del edificio, embozado en un abrigo superlativo como si fuese un huido de la justicia, carraspeando y fumando un habano. Parece la prueba definitiva de que por esa noche no hay más que temer. Antes de retirarse a su cuarto, el tipo A observa como el bólido de la pasión sin límites vuelve al lugar del que minutos antes había partido raudo y veloz. En esta ocasión lleva la radio puesta a todo volumen, y en toda la calle, la ciudad, el país y hasta el universo entero, resuenan con tintes grotescos los acordes (por llamarlos de algún modo) de una canción cuyo estribillo dice: “Baila mi niñita sabrosona que me pones a sien, a sien, a sieeeeeeeeenn”.
El tipo A teme que semejante aberración sirva de melodía para que los amantes se pongan mutuamente a “sien” antes de despedirse, creando un concierto de sinsabores nocturnos mucho peor que el que el señor B y la señora C hubieran provocado con su coito post-cortinas-quemadas. Pero de nuevo la suerte se le pone de cara y la chica del 5ºD, claramente cohibida por la traumática experiencia de antes, sale del coche del amor frustrado con toda la velocidad que sus tacones de aguja le permiten, sacando las llaves del bolso, despidiéndose de su amado chulo de discoteca con un beso al aire, y por último, que ya es hora, entrando en el edificio. El tipo A observa como tras la romántica despedida, el chulo de discoteca se coloca su miembro viril en una posición apta para la conducción del coche del adiós, arranca éste de nuevo y sale disparado mientras suenan los “acordes” de otra canción no menos denigrante: “Estos son mis motivos, estas son mis razones, disfrútalos mosita mientras te los comeeeeeeeess”.
Con las tripas un tanto revueltas por los alardes de composición a los que ciertas personas pueden llegar, el tipo A finalmente regresa a su cuarto. Todo está como lo dejó, el fantasma de su abuela no le dejó una sopa de fideos en la cama durante su ausencia. Se tumba en el colchón deformado, mira la negrura del techo por un instante, y cierra los ojos. Nada más completada esta sucesión de actos insignificantes escucha un sollozo procedente del piso de arriba. Poco a poco el sollozo se convierte en un llanto ahogado, contenido. Parece que la señora C no encajó bien que su marido se fuese sin arreglar el asunto de las cortinas quemadas, como quizás veinte años antes lo hubiera hecho.
El tipo A intenta no prestarle atención, “A fin de cuentas, lo que menos quiere la vieja ahora es llamar la atención, de eso ya va sobrada con lo de antes”. Vuelve a cerrar los ojos y cuenta ovejitas, vacas, cabras y hasta ñus. Imposible. Ya tiene un corral y media sabana, y no termina de conciliar el sueño. El llanto sofocado no cesa, es como un grifo que gotea. “El señor B no va a regresar, al menos esta noche, así que duérmete, joder”. Pero la telepatía sólo funciona en los platós oscuros de “El lado enigmático del misterio”, así que la señora C no recibe las apremiantes ondas cerebrales del tipo A, y sigue con su pena.
El tipo A se pone la almohada sobre la cabeza, pero las lágrimas de su anciana vecina se le clavan como cuchillos. Hace cinco minutos la odiaba, y ahora, piensa, debería odiarla aún más, “Merece que la odien, por sus manías, por estar senil, por no dejarme ella y el cabrón descuidado de su marido dormir tranquilo, joder, qué le costaba prestar más atención a la puta cortina… Los odio, lo merecen, merecen que los odie…”. Intenta convencerse a sí mismo, pero es imposible, no puede, y no podrá en toda la noche. El gemido sordo de la señora C, perdido en el silencio y el desamparo de la noche, le hace trizas el corazón.
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